a) Prólogo


Siempre al hombre le preocupó saber de dónde viene el ser humano y hacia dónde va; se dan muchas teorías al respecto, pero nada concreto. Yo no soy la excepción a la regla; como todos, también tengo esa preocupación, y como todos tampoco tengo respuestas. Pero hay algo que sí puedo develar y es la historia contemporánea de mi familia. Tengo la necesidad de encontrar mis raíces viajando hacia atrás en el tiempo. Pienso que a todos en algún momento les sucede, cuando han muerto los ancestros y pasa a ser uno mismo la cabecera de familia, cuando el último referente partió, cuando no hay a quién preguntar, cuando pasás a ser el que responde a las inquietudes de los más jóvenes, entonces ahí te encontrás sin respuestas a todas aquellas preguntas que deberías haber hecho y nunca hiciste. Querés saber por vos mismo y saber para transmitir, necesitás afianzar las raíces para sentirte firme. Y sobre todo esperás que aquellos que hoy deben escuchar, escuchen, porque algún día serán ellos los que demanden saber y tal vez ya no haya quien les responda. Estos son los motivos que me llevan a dejar por escrito todo lo que pude averiguar, que no es mucho, pero es mejor que nada, con la esperanza que cuando yo ya no esté, alguien continúe con este diario íntimo familiar.
Digo diario íntimo, porque la intención es que no sólo figuren nombres y apellidos, fechas frías y acontecimientos puntuales, sino también todo aquello que hace al ser humano, su personalidad, sus gustos, inclinaciones, talentos, que son en definitiva lo que se transmite genéticamente y que nos da la respuesta del por qué al hijo de fulano le gusta la música o al de zutano el deporte, o del carácter de uno o el color de ojos del otro. En conclusión, “conocerlos” y a través de ellos encontrarnos a nosotros mismos. Yo no tengo ya en mi rama directa a quien preguntar, así que todo lo que a continuación detallo es producto de investigación en notas de diarios, libros y preguntando a los tíos más viejos lo que ellos recuerdan, que lamentablemente no es demasiado, y también mis propios recuerdos.
Cabe aclarar que tengo la inapreciable ayuda de mi hija María Agustina Rodríguez Giovanola, que también me da la tranquilidad del convencimiento de que ella va a ser la sucesora de este diario y que va a asumir la responsabilidad de transferirlo a sus descendientes.
Por último y antes de comenzar, quiero dedicárselo a quienes me inspiraron a realizarlo, mis padres, abuelos y bisabuelos, para rescatarlos del olvido y agradecerles el legado de los valores morales que nos dejaron, con sus defectos y virtudes, y también a los que vienen detrás de mí, mis hijas, nietos, bisnietos, tataranietos, choznos, para que aprendan a rescatar en la vida el valor de la familia, en este mundo actual que intenta destruirla... y para cuando les llegue el momento de hacerse las inevitables preguntas.

Gabriela Laura Giovanola
11 de Noviembre de 2000

b) Los "Scoppa"

Recanati es un pintoresco pueblito de la Provincia de Macerata, Italia, levantado cerca del Adriático. Sus construcciones eran de tres plantas, las dos superiores para la vivienda, y los bajos se utilizaban como establo. Al amanecer, sus habitantes se asomaban por las ventanas del frente a contemplar a los pescadores que retornaban de su jornada de trabajo, mientras que de las ventanas traseras podían observar los majestuosos Apeninos Centrales. Allí, en ese paisaje como sacado de una postal, vivían un joven matrimonio, Emilia Erminia Capodaglio y Giuseppe Scoppa.
Erminia, como la llamaba su familia, hija de Teresa Maccaroni y Antonio Capodaglio, era hilandera y debía caminar ocho kilómetros en medio de las nevadas o del calor del verano para concurrir a la hilandería a cumplir sus labores diarias. La guerra había dejado miseria, dolor y por supuesto hambre. Ella como tantos otros, había encontrado la forma de engañar al estómago y hacer más tolerante la falta de comida: se ponía un grano de sal debajo de la lengua y así pasaba las horas hasta poder ingerir algún bocado. Era una joven delgada de gran corazón y carácter aplacado, su cualidad más destacada era la bondad y el espíritu de trabajo y sacrificio.
El día 31 de Octubre de 1895, a los 27 años, se casó con Giuseppe, un joven de 26 años, nacido el 19 de Marzo de 1869, hijo de Raffaele Scoppa y Lucía Finauri, de profesión zapatero, vecino y compañero de tareas de quien posteriormente fuera el padre del afamado cantante Beniamino Gigli.
De carácter totalmente opuesto al de ella, fuerte y duro, poco afecto a las demostraciones de cariño, aunque decente y trabajador, eran esas parejas que por tan dispares hoy no se podrían concebir, sólo eran posibles en aquellos tiempos donde las alianzas eran decididas por las familias y no por los sentimientos y compatibilidades.
Corría el año 1896 y la situación del país no era buena; como ya dije anteriormente, reinaba la falta de trabajo y el hambre, debían encontrar un futuro mejor, es así como decide partir y, llevando en sus baúles un montón de sueños y ansias de progreso, Giuseppe se embarca hacia la tierra prometida, Argentina, él como tantos otros se iba a “hacer la América”.
Argentina... tierra soñada... el paraíso al alcance de las manos... Un país de la América del Sur con todas las virtudes: llanuras, sierras; al oeste, la Cordillera de Los Andes como un fiel guardaespaldas; hermosos lagos, las Cataratas del Iguazú, ríos caudalosos y el océano Atlántico besando sus costas del este. Vastas extensiones de campo, propicios para la agricultura y la ganadería; y como si esto fuera poco, todos los climas: al norte caluroso, nieve en el sur y templado en el centro. Pero por sobre todas las cosas, un país sin guerras, y con los brazos abiertos a todo hombre o mujer de buena voluntad, sin importar raza, color o religión, que quisiera aunar sus esfuerzos al de los criollos, para hacer de este joven país, un país grande.
Y al fin llegó Giuseppe, luego de tan larga travesía, junto a su esposa y su hija Laura, una bebé de cuatro meses, nacida el 31 de Julio de 1896. Desembarcaron en el Puerto de Ensenada y se establecieron en la ciudad de La Plata, en un barrio cercano al Bosque llamado popularmente “Barrio del Mondongo”, donde nacieron el resto de sus hijos: Rafael Américo el 2 de Marzo de 1899, Rigo Federico el 15 de Diciembre de 1900 y Rosa el 9 de Febrero de1903.
En un principio fueron cambiando de vivienda, de acuerdo a las necesidades y circunstancias. Vivieron en la calle 115 e/60 y 61, en 1 e/64 y 65, hasta que al final y definitivamente se establecieron en una casa de la calle 63 e/115 y 116, siempre como inquilinos, ya que él como anarquista pensaba que ser propietario era ir en contra de sus principios e ideales.
Mientras Erminia se dedicaba al lavado de ropa para obtener ingresos extras; atender a los paisanos que llegaban de Italia a quienes les subalquilaban una habitación; al cuidado de su casa y crianza de los hijos, que con tanto amor y dedicación realizaba, inculcándoles valores morales y familiares; Giuseppe trabajaba en el sector de Suministros del Ministerio de Gobierno, a “destajo”. Se cambiaba con su mejor ropa y se dirigía al Ministerio a retirar el calzado y se lo llevaba a su casa donde tenía montado el taller de zapatero.
El 6 de Diciembre de 1913, desde el Puerto de Génova, en el conocido vapor “Mafalda”, partió a la Argentina a reunirse con su hijo, Lucia Finauri de Scoppa. A partir de ese momento vivió con ellos en la casa del Barrio del Mondongo, viendo crecer a sus nietos y bisnietos, quienes cariñosamente la llamaban “la nonna de colorado”; apodo que se había ganado por la capita de color rojo que siempre llevaba sobre sus hombros. Era una mujer muy vital y activa, pasaba el tiempo pero ella hacía caso omiso a sus más de 80 años y seguía trepando a la higuera de la casa a juntar sus frutos, como una adolescente. Vivió hasta los 98 años.
Giuseppe, “el nonno José”, ya de viejito y tras la muerte de su esposa, “la nonna Erminia”, pasaba muchas horas del día sentado en la cocina, en el patio o la vereda de la casa, fumando su pipa, y a falta de otra distracción, se entretenía matando hormigas con su bastón. Falleció el 25 de Abril de 1959, a los 90 años.
Laura Scoppa, la hija primogénita, a los 17 años se enamoró de un joven italiano; pero su padre, haciendo hincapié a su corta edad, le prohibió llevar a cabo el noviazgo. Su pretendiente, desilusionado por tal decisión, se marchó de regreso Italia, sin regresar jamás.
Era una joven delgada, de carácter más fuerte y enérgico que su madre, pero con el mismo corazón amplio y sentimientos profundos. Aprendió a coser para ganarse el sustento y colaborar con la casa. Vivió siempre con sus padres, ya que nunca más se volvió a enamorar. En contraposición a su contextura física menuda, fue una gran mujer, que no tuvo familia propia pero supo brindar todo su amor; primero a sus padres, luego a sus hermanos y las familias de éstos.
Yo tuve la suerte de conocerla y quererla profundamente, era rezongona y autoritaria, pero detrás de esa máscara de dureza, se escondía un manantial inacabable de amor y generosidad. Vivió su vida dando todo a sus hermanos, sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. Al igual que su abuela, la nonna de Colorado, parecía no darle permiso al tiempo para ponerle un obstáculo en su camino, siempre tenía las energías necesarias para correr a ayudar a quien lo necesitara. Que puedo decir de la tía Laura, no habría palabras para definirla en su grandeza de espíritu, la vida no le dio hijos propios y el amor de un hombre; y a veces se podía observar en su mirada una tristeza profunda; pero a despecho de lo que la vida le negó, supo dar y recibir amor infinito. En 1987, rodeada de su familia, a los 91 años, falleció en nuestra ciudad.
El segundo hijo, Rafael Américo Scoppa, de carácter también enérgico como su hermana mayor y su padre, desde muy joven comenzó a trabajar de mozo en la confitería “El Marconi”. A los 20 años es llamado al Servicio Militar Obligatorio, teniendo que prestar dicho servicio en la Marina durante dos años. Al concluir el mismo, contando ya con 23 y ambicionando un futuro mejor, entró a trabajar como aprendiz en una carpintería. Comenzó barriendo la misma y gracias a su tesón y evidente talento personal, se convirtió en poco tiempo en carpintero de obras y muebles, destacándose sus trabajos por la calidad y los detalles.
El 15 de Enero de 1925, a los 26 años, contrajo matrimonio con la joven Ida Tiatto de su misma edad. Ambos parecían nacidos el uno para el otro y con el gran amor que los unía tuvieron a su primera hija, el 11 de Enero de 1926, quien en homenaje a su abuela llevó el nombre de Herminia Carolina Scoppa. Luego de algo más de un año, nació su segundo y último hijo, el 1° de Agosto de 1928, recibiendo también el nombre de su abuelo, José Primo Scoppa.
En 1933, instaló en su casa la carpintería propia, y en el 36 comenzó a trabajar en Vialidad, donde con los años llegó al cargo de Capataz General. Todo esto, por supuesto, sin dejar su carpintería y fabricando con sus manos, cada mueble, puerta y ventana que en su casa hiciera falta, o para sus hermanos.
El 15 de Enero de 1975, del brazo de su hijo José, Ida entró a la iglesia Nuestra Señora de las Victorias, a concretar el sueño que no habían podido llevar a cabo: casarse por iglesia. En el altar la esperaba, tan enamorado como hacía 50 años, del brazo de su hija Herminia “Tita”, su esposo Rafael. Fue una ceremonia emotiva, donde el amor y el compañerismo eran las invitadas de honor del acontecimiento, las que los habían acompañado durante esos 50 años, y las que permanecieron junto a ellos hasta sus últimos días.
Rafael falleció el 30 de Mayo de 1983 a los 84 años e Ida el 6 de Julio de 1993 a los 93 años.
Su hija “Tita”, luego de recibir el duro golpe de la prematura muerte de su amado novio, Héctor Chinelli, y tras un largo período de duelo y depresión por tal pérdida, se casó con Roberto De Bona, “Tito”, con quien tuvo dos hijos; Silvia y Fernando De Bona, los cuales le dieron 6 nietos: Mariana, Maria Florencia, María Soledad, Ana Carolina y Nicolás Ronco, hijos de Silvia; y Melina De Bona, hija de Fernando.
Mientras que yo hago memoria y recabo datos para dejar asentados en estas páginas, la vida continúa, y por lo tanto los nacimientos; hace apenas tres días, el 28 de Noviembre de 2000, nació el primer bisnieto de Tita Scoppa de De Bona, y primer nieto de Silvia De Bona, Mauro Rafael Correa, hijo de María Florencia Ronco y Alejandro Correa.
José Scoppa, el hijo de Ida y Rafael, contrajo matrimonio con María del Carmen García, “Mencha”, y tuvieron un solo hijo, Gustavo José Scoppa, el cual les dio tres nietos: Sebastián, Cristian y Daniela Scoppa.
El tercer hijo del nonno José y de la nonna Erminia, Federico Scoppa, nunca se casó; no tuvo la suerte de su hermano, de encontrar el amor de su vida. Le hubiese gustado viajar y conocer lugares; siempre decía que “ojalá le hubiera tocado a él hacer la Marina”, pero como no podía haber dos hermanos bajo bandera, no hizo el Servicio Militar. Su carácter era más parecido al de su madre, con el mismo corazón generoso que sus hermanos, pero de carácter débil. Era tipógrafo del Taller de Impresiones Oficiales y llegó al cargo de Jefe de Repartición. De observar a su hermano en la carpintería aprendió a trabajar la madera, pero a diferencia de Rafael, él tenía un talento especial por los trabajos minuciosos de los tallados; era un muy buen ebanista, aunque ese arte nunca fue explotado comercialmente.
Ya fallecidos los padres, vivía solo con su hermana Laura, en la casa alquilada que los vio crecer, lindera a la propiedad de Rafael. Sufrió una larga enfermedad y falleció el 3 de Mayo de 1971, a los 70 años.
La cuarta y última hija, Rosa Scoppa, era una niña de carita redonda, que tuvo la suerte de heredar de su madre, al igual que sus tres hermanos mayores, el corazón puro y las manos siempre extendidas para dar. De temperamento dócil como su madre y su hermano Federico.
Cursó como casi todos los de su época hasta el cuarto grado, pero aprendió de su familia y de la vida, todo aquello que la escuela no podía darle.
En esos años de comienzo de siglo, cuando pasaba cerca el Cometa Haley y la gente se suicidaba por terror a que chocara con la Tierra; cuando los hijos de los trabajadores sólo tenían dos vestidos y dos pares de zapatos, uno para uso diario y otro para las ocasiones especiales; cuando no existía la luz eléctrica y eran pocas las calles asfaltadas; cuando la mujer sólo podía ganarse el pan en su casa, aprender a coser era casi una obligación, y ella como su hermana Laura, aprendió, y muy bien. Al terminar el curso de costura y bordado, se realizaba una exposición, donde cada alumna presentaba un trabajo: Rosa expuso un cubrecama de tul bordado que fue merecedor del primer premio; era tan bonito que fue comprado en la misma exposición y con ese dinero pudo adquirir su máquina de coser Singer.
De carácter alegre y soñador; en sus primeros años de juventud, estaba deslumbrada del porte y la elegancia de un muchacho, al que ella veía pasar habitualmente; su apellido era Platero y era hijo de una de las pocas familias de raza negra que vivían en la ciudad, descendientes del primer Platero que llegó al país, vendido como esclavo. Y fue uno de esos amores platónicos de la adolescencia, que jamás llegan a hacerse realidad ....

c) Los "Perfetti"

Nos encontramos nuevamente en la pintoresca Recanati, donde también vivían el matrimonio de Rosa Giardinieri,
nacida el 1° de Julio de 1864, hija de Lucia Corbata y Filippo Giardinieri; y Luigi Perfetti, nacido el 26 de abril de 1861,
de profesión zapatero, hijo de Francesca Baldassarri y de Zenone Perfetti. Desde la casa de Rosa y Luiggi, se podía contemplar el imponente Castillo del Conde Giacomo Leopardi.
Rosa, era compañera de trabajo en la hilandería, de Emilia Erminia Capodaglio de Scoppa. Juntas, recorrían caminando los ocho kilómetros que las separaban del lugar de trabajo, juntas pasaron hambre, juntas pasaron frío, hasta que Erminia emigró a la Argentina.
La primer hija de Rosa y Luigi fue Francisca, a quien afectuosamente la llamaban Checca, su segundo hijo fue Vitaliano, quien nació el 4 de Agosto de 1894 y por último Dora, la hija menor.
Vitaliano, era un niño de carácter rebelde y travieso, uno de sus pasatiempos era ir con su grupo de amigos, a tirar bolas de barro desde arriba de un puente, a la gente que pasaba por debajo; y esa era sólo una de las tantas travesuras que tantos dolores de cabeza le daban a su madre.
Tal vez por el espíritu religioso de la familia, o simplemente como intento de moldear al indomable, los padres lo enviaron a colaborar como monaguillo a la iglesia del pueblo, donde concurrió cada día durante muchos años; aunque el único cambio que produjo tal tarea, fue el de convertirlo en ateo, debido a las barbaridades y contradicciones que presenciaba de quienes, supuestamente, estaban representando a Dios.
Vitaliano aprendió junto a su padre el oficio de zapatero y lo acompañaba a los conventos a reparar el calzado, y a cambio les prometían comida, que nunca les daban.
Los inviernos en Recanati eran muy fríos y las nevadas intensas, por las mañanas para salir de la casa, al igual que el resto de los pobladores, debían abrirse camino entre la nieve con una pala. La vida era muy dura, ellos como todos, también sufrían las consecuencias de la guerra, la falta de trabajo y las carencias.
A los 18 años, siendo un joven rubio, de tez muy blanca y ojos muy celestes, solo con sus maletas y el oficio de zapatero, Vitaliano dejó a su familia, como los Scoppa y como tantos otros que en busca de un futuro mejor dejaron su tierra, se embarcó a la Argentina.
Llegó al Puerto de Ensenada y se estableció en una pensión de huéspedes de la Ciudad de La Plata.
Eran épocas difíciles, y no tan sólo por la situación política y económica, sino también por la falta de adelantos que aún había en la medicina. Cualquier enfermedad, de las que hoy ni siquiera tenemos en cuenta, gracias a los antibióticos, en ese momento podía ser mortal. Y así fue; allá en Italia y con tan solo 15 años, debido a una infección en una pierna, falleció Dora, la hija menor de los Perfetti.
Con el correr del tiempo, Vitaliano hizo venir a la Argentina a su hermana Checca junto a su flamante esposo Silvio Capodaglio, hombre bondadoso de profesión peluquero. Alquilaron una vivienda en la calle 51 e/ 16 y 17 y mientras, construían la casa propia en 51 e/ 22 y 23.
El haber venido a nuestro país, hizo que Silvio se salvara de ser partícipe de la Primer Guerra Mundial en 1914, por lo que siempre estuvo infinitamente agradecido con su cuñado.
Vitaliano volvió a Recanati a buscar a sus padres, y ya todos juntos continuaron con su vida en La Plata; aunque no por mucho tiempo para Luigi, que falleció a los pocos años de estar aquí.
A Vitaliano y a Giuseppe Scoppa, no solo los unía la amistad de sus familias, su patria natal y su pueblo, sino también la profesión y el lugar de trabajo en la Argentina. Vitaliano al igual que él, trabajaba a destajo en Suministros del Gobierno, es decir que se llevaba el trabajo a su casa; pero a diferencia de Giuseppe, él era zapatero fino, no solo realizaba composturas, también fabricaba para un comercio de la ciudad, los zapatos que luego irían a las vidrieras.
Así, frecuentando a los Scoppa, es como Vitaliano conoció a la hija menor de éstos, Rosa, la alegre, de carita redonda, largos cabellos negros y ojos muy oscuros, y comenzaron un noviazgo que terminó en matrimonio el 15 de Diciembre de 1929. El con 37 años y ella casi 27, y como si el destino estuviera marcado, con la misma disparidad de caracteres que había entre Erminia y Giuseppe Scoppa. Él irascible y autoritario, ella de débil carácter y corazón bondadoso, la historia se repetía de madre a hija, como se repitieron los pesares de la convivencia conyugal. Eran tiempos donde la esposa dependía pura y exclusivamente del marido, donde ni siquiera se podía pensar en la separación, y si alguna vez se pensaba, era un sueño que en la realidad se convertía en imposible.
En un comienzo vivieron junto a Checca y Silvio en la casa que éstos aún alquilaban, pero luego, tras la insistencia de la hermana y la madre por verlo progresar, compraron un terreno en 49 e/ 19 y 20, donde construyeron su casa.
El 10 de Enero de 1931, nació su primera hija, a quien Vitaliano, en memoria de su hermana, le puso el nombre de Dora; Rosa entonces le eligió como segundo nombre, Norma, porque era el que le gustaba a su hermano Federico. Cuatro años después, el 21 de Abril de 1935, en un parto muy difícil, que casi les cuesta la vida a los dos, nació el segundo y último hijo, a quien en homenaje a sus abuelos le pusieron el nombre de Luis José.
Vitaliano tenía el taller de zapatero en su casa, y Rosa bordaba en su máquina Singer las charreteras para Suministros, y con esto ayudaba en la manutención del hogar.
Silvio y Checca se mudaron a la flamante casa, con la peluquería al frente; y con ellos la madre, la “nonna Rosa”. La cual era una mujer bondadosa y muy trabajadora, que durante toda la vida había lavado ropa para ganar algo de dinero allá en su pueblo. Con el correr del tiempo, y dicen que debido a los años que sus ojos estuvieron expuestos a los rayos solares, que se reflejaban en las prendas blancas que tendía a secar al sol; fue perdiendo la vista hasta quedar ciega.
Checca, era de carácter fuerte como su hermano y no tuvo la dicha de tener hijos propios. Su esposo Silvio, que amaba a los niños, brindó todo ese caudal de sentimientos, a sus sobrinos Dora y Luis; los llevaba a pasear y les daba todo lo que estaba a su alcance. Era un hombre elegante de sentimientos nobles y gran corazón, que en el año 1955 murió de una afección cardíaca.
La nonna Rosa falleció en 1961, a los 97 años de edad, y Checca, en Febrero de 1963 de cáncer de pulmón.
Vitaliano era un hombre muy trabajador y honesto, aunque su avaricia impedía que su esposa, sus hijos y hasta él mismo, disfrutaran de los frutos de su esfuerzo. Tampoco les supo dar afecto, y no por falta de sentimientos, ya que me consta cuánto los quería, sino por no saber demostrarlo; sería por su carácter o por esos antiguos conceptos machistas, que confundían amor con debilidad. En definitiva, fueron su esposa Rosa y el tío Silvio quienes colmaron de amor y cuidados a sus hijos. Le gustaba la ópera y pasaba horas sentado en la cocina escuchando su música preferida, en su vieja radio. Ya de grande se jubiló de Suministros de Gobierno y luego comenzó a trabajar en el Pañol del Instituto Biológico hasta el último día de su vida, el 31 de Julio de 1975, cuando a los 81 años sufrió un infarto al llegar a su trabajo. Con su carácter fuerte y el mío rebelde, chocábamos demasiado, nunca pudimos tener un diálogo, él no supo acercarse a mí y yo, por mis pocos años tampoco supe hacerlo, pero hoy lamento no haber podido conocerlo y hacerle las preguntas que ya no tengo quien responda, sobre su vida, su pueblo, su patria y sus sentimientos, tan guardados.
Rosa era una persona especial, es muy difícil describirla sin parecer que uno exagera guiado por los sentimientos. Su corazón era tan grande como lo fueron sus pesares. No fue feliz en su matrimonio y tuvo pérdidas de las cuales jamás pudo recuperarse. Trabajadora incansable, fue una madre y abuela sobreprotectora, parecía que su vida solo tenía sentido ¡dando!, y dio hasta el último día de su vida, cuando en una noche calurosa de Enero, exactamente el 15 de Enero de 1985, luego de tres meses de internación, falleció en el Hospital Italiano a los 81 años.
Luis José Perfetti, el hijo varón, de características físicas parecidas a las de su padre, aunque no heredó ni sus ojos celestes ni su personalidad, en cambio sí de su madre, la bondad y la generosidad; estudió en el Escuela Industrial, empezó a trabajar a los 14 años y fue siempre un buen hijo que nunca dio preocupaciones a sus padres. Le gustaba andar en bicicleta y jugar al fútbol. Se recibió de Técnico Químico, y en el cuartito del fondo de la casa, con un compañero de estudios como socio, se pusieron a fabricar champú de gran calidad; pero por falta de visión comercial o de medios para competir con las conocidas marcas, y a pesar de ser su producto superior a los más famosos, el negocio fracasó al poco tiempo.
En 1963, trabajando y estudiando Ingeniería Química, se casó con Marta Raquel Desimone,
al tiempo nació su único hijo, Claudio Gabriel Perfetti, el 30 de Septiembre de 1963.
Con esfuerzo y muy buenas notas se recibió de Ingeniero y se radicó junto a su esposa e hijo en la Ciudad de Berisso. Trabajando en D.E.B.A. logró llegar a una importante jefatura. Construyó su casa en sus ratos libres, y con sus propias manos puso cada ladrillo, cada mosaico y cada cañería, haciendo gala de su tesón y
capacidad. Bondadoso y honesto, cariñoso con sus seres queridos, trabajador e inteligente; en conclusión, alguien a quien no se puede dejar de querer y admirar. Hoy está jubilado y disfrutando de sus nietas.
Su hijo, Claudio,
se recibió de Técnico Mecánico, y se casó en el año 1991 con Gabriela Castagnasso, nacida el 20 de Octubre de 1971. El 30 de Julio de 1992 nació su primera hija, María Luz Perfetti, y el 15 de Junio de 1999, su segunda y última hija, Oriana Perfetti.
Trabaja desde hace algunos años en Astilleros y desde hace un año, además de su tarea habitual, asumió la responsabilidad de Delegado Sindical. Viven en Berisso junto a sus padres, Luis y Marta.

La hija primogénita de Rosa y Vitaliano, y hermana mayor de Luis, Dora Norma Perfetti, a los cuatro años y debido a un enfriamiento, quedó delicada de los bronquios y comenzó a sufrir de asma. Realizó los estudios primarios en la Escuela N° 10, en la calle 48 y 16, y luego estudió bordado a mano en la Escuela Profesional. Era la mimada del tío Silvio, su padrino de bautismo. Delgada, rubiecita, de ojos grandes, alegre, de una risa contagiosa y un corazón como el de su madre ...

d) Los "Viñales

No es mucho lo que puedo decir de los Viñales; nunca se conoció bien la historia y hoy no hay a quien preguntar.
La misma transcurre en la Ciudad de Lobos, Provincia de Buenos Aires, en los últimos años del Siglo XIX. El matrimonio de Isidora Montoya y Pedro Servando Viñales, de piel mate y cabellos negros, con pinta de criollos, tenían su casona en los kilómetros de campo que les pertenecían, ya que Pedro era uno de los terratenientes de la época. La casa era grande y majestuosa hasta tal punto, que tenían su propia capilla.
Sus tres primeros hijos fueron varones, Martín, Ceferino Pedro y Roberto Bernabé; cuando Isidora estaba cursando su cuarto embarazo, su esposo Pedro falleció. Es así como, sola, el 14 Marzo de 1903 ve nacer a su hija, Angélica Viñales.
La desgracia se había instalado en la familia, parecía obsesionada en destruirlos y tres o cuatro años más tarde, el destino se llevó también a Isidora.
Nunca supimos la causa de la muerte de ambos, sólo sabemos que sus restos se encuentran hasta el día de hoy en la bóveda familiar, que lleva el nombre de Pedro Viñales sobre la puerta, cerca de la entrada principal del Cementerio de Lobos.
Sus cuatro hijos, todos menores de edad, habían quedado huérfanos y poseedores de una gran fortuna; por decisión del Juez de Menores, el poco honesto abogado, Dr. José Manuel Ahumada, es designado como tutor, y se les apropia, con el correr de los años, de gran parte de lo heredado. Mientras, que el luego conocido y poderoso Juan José Blaquier, era en ese entonces quien arrendaba los campos de los huérfanos y con los años, pasó a ser el propietario.
De los tres hijos varones, el único que se casó fue Martín Viñales, quien con su esposa Victorina Lastre, tuvieron cuatro hijos: Ramón, Elisa, María Angélica y Martín.
La única hija mujer de los Viñales, Angélica, fue enviada por su tutor, a una escuela de monjas en La Plata, como alumna pupila, a la Escuela Sagrada Familia, en la calle 15 e/ 51 y 53; donde creció y cursó sus estudios primarios y secundarios ...

e) Los "Giovanola"

En la Ciudad de Milán, Italia, el 2 de Julio de 1781, nació Antonio Giovanola; contrajo matrimonio con Giovanna Scanziani y en 1808 nació su hijo Gaetano Giovanola. Antonio vivió siempre en Milán y falleció en el año 1852.
Gaetano Giovanola, nació el 10 de Diciembre de 1808 y falleció el 1º de Junio de 1897; era fabricante de telas y se casó con Marianna Scarioni, con quien tuvo 11 hijos: la primogénita, Ráchele, nacida el 14 de Marzo de 1840, fue maestra en Milán, Ciudad donde vivió toda su vida hasta su fallecimiento el 22 de Mayo de 1894; el segundo de sus hijos fue Domenico Abramo, nacido el 7 de Junio de 1843 y fallecido el 3 de Junio de 1844; el tercero, Carlo Domenico, nacido el 17 de Agosto de 1847, fue sacerdote de una Iglesia de Milán y falleció el 10 de Diciembre de 1931; el cuarto, Domenico, nació el 26 de Octubre de 1850, se casó con Giovanna Perini y tuvieron doce hijos: Giovanola Beatrice (1876, casada con Tua Carlo), Luigi (1877-1878), Amelia (1879 -1886), Corinna (1880 – 1883), María (1881 – 1909), Angela (1882 – 1883), Corina (1883, casada con Reale Catelli), Angela (1885, casada con Gaetano Baglioni), Mario (1887, casado con Rosa de Mauri), Angelo (1888 – 1889), Gaetano (1890, casado Regina Vignara), Ráchele (1896, casada con Francesco Zoppi); el quinto hijo, Abramo Giovanola, nació en Milán, como todos sus hermanos, el 30 de Noviembre de 1851; el sexto, Ambrogio Antonio, nació el 14 de Enero de 1853 y se casó con Luigia Sassone, con quien tuvo ocho hijos: Francesco (1884, casado con Giovanna Morassi), María (1885), Giuseppe (1887), Adele (1889, casada con Eugenio Vaccari), Enrichetta (1891), Egidio (1892, casado con Mattea Samorini), Carolina (1893), Luigi (1900, casado con María Nodari); el séptimo, Cesare, nació el 4 de noviembre de 1855, se casó con Angela Bossi y tuvieron dos hijos: Gaetano (1885) y Anna (1886 – 1887); el octavo, Luigi Gaetano, nació el 4 de Noviembre de 1856 y falleció el 23 de Julio de 1874; el noveno fue Giuseppe, nació el 2 de Febrero de 1860 y se casó con Elisa Perini; el décimo, Gaetano María, nació el 19 de Mayo de 1861 y falleció el 23 de Mayo de 1861; por último, el undécimo, Carlo Gaetano, nació el 7 de Noviembre de 1863 y falleció el 13 de Marzo de 1864.

(Debajo (los dos ancianos): Gaetano Giovanola y Marianna Scarioni (hijo de Antonio Giovanola y padres de Abramo). A su derecha Marianna Giovanola (hija mayor de Abramo, nieta de Gaetano y Marianna)
Arriba de izquierda a derecha: Gaetano Giovanola (hijo de Abramo, nieto de Gaetano y Marianna), Carlo Giovanola (sacerdote) y Rachelle Giovanola (maestra) (hijos de Gaetano y Marianna, hermanos mayores de Abramo).
De la niña que está en último lugar se desconoce su identidad.)

Abramo Giovanola, el quinto hijo de Gaetano y Marianna, nacido el 30 de Noviembre de 1851, estudió escultura en una escuela de arte de Florencia o Roma, no sabemos con exactitud. Se casó con la hija de un marino, Cecilia Denaro, de origen Maltés, nacida en 1857, en la época en que la Isla de Malta estaba en poder de los ingleses, por lo cual su nacionalidad era inglesa.

Se radicaron en Génova el 2 de Marzo de 1880 y allí nacieron sus dos primeros hijos, Marianna, el 14 de Abril de 1881 y Gaetano, el 24 de Abril de 1882.
En ese entonces en la Argentina se estaba levantando un sueño audaz: "En Europa el pueblo se reiría a la cara de un gobierno que lo invitara para la inauguración de una ciudad nueva en un semidesierto. Se diría que aquel gobierno era de peligrosos soñadores... Aquí en cambio, se colocará mañana la piedra fundamental de La Plata, y dentro de pocos años, aquel lugar solitario será una ciudad populosa, palpitante de vida y llena de porvenir", escribía el 18 de noviembre de 1882 el periodista italiano, Basilio Cittadini. Y no mentía. Al día siguiente nació una ciudad que fue ideada y levantada por "peligrosos soñadores". Enclavada en un cardal, entre malezas y eucaliptos, empezaron a crecer los gruesos muros de edificios públicos semejantes a palacios. Rodeados de la nada, como si fuera un gigantesco set de cine, se corporizaba la capital perfecta, que con ideas sanitaristas la había dibujado Pedro Benoit. La ciudad fue tomando forma en medio del campo, de la mano de obreros, constructores, artesanos y artistas, mayoritariamente extranjeros... escribía el diario “El Día”, rememorando aquellos momentos, y la vida y obra de Abramo Giovanola, en su ejemplar del 4 de Noviembre de 2000.
Con su espíritu bohemio y el oficio y talento de escultor, Abramo y su esposa Cecilia, se embarcaron en Génova, en el barco ¨Iniziativa¨, y llegaron el 21 de Diciembre de 1887 a la Argentina, a formar parte de la aventura. Se radicaron en La Plata, en un primer momento en los suburbios y luego en el corazón de la ciudad; desplegando desde un principio una gran actividad artística.
En 1888, en La Plata, nació su tercer hijo, Elena Giovanola, quien con el correr del tiempo, adquirió la ciudadanía italiana.
Realizaron varios viajes a Italia y en el regreso a la Argentina, en un barco de bandera francesa, nació su cuarto hijo, Francisco, el 1º de Abril de 1892.
Ya establecidos definitivamente en nuestro país, nacieron Raquel, Ana y Carlos Giovanola; mientras, que sus dos hijos mayores, permanecieron por algunos años en Milán, al cuidado del tío Carlo, sacerdote, y la tía Rachele, maestra, hermanos mayores de Abramo; viviendo en la iglesia, que también tenía escuela, y dónde ambos ejercían sus funciones.
Abramo, tenía su taller de escultura en los bajos de su vivienda,
en la calle 50 e/ 10 y 11, y podía vérselo todos los atardeceres junto a su perro San Bernardo, llamado “Muñeco”, caminar hasta el local situado en Diag. 73 y 47, donde se tomaba su copa diaria de vino junto a los parroquianos del lugar. Era un hombre bondadoso, de carácter dócil, con un gran sentido del humor, y le gustaba hacer bromas que a veces podían resultar pesadas. Era poco afecto a las cosas materiales; una anécdota al respecto, es la que “un día volviendo de tomar su copita de vino, encontró a un desarrapado en la calle, y le dio el saco que llevaba puesto; al volver a su casa y enterarse de lo ocurrido, fue duramente reprendido por su esposa”. No firmaba sus obras, hecho que también nos habla de alguien sencillo, sin vanidades, que amaba su trabajo por lo que significaba para él mismo; porque era su vocación, y con la cual podía mantener económicamente su hogar. Pero ni él, ni su familia, tomaban conciencia del valor artístico de su obra y del legado que dejaba para la ciudad y sus habitantes.
Cuentan sus nietos que otros escultores amigos le encargaban trabajos que luego presentaban como propios, y que hay obras en nuestra ciudad que pueden admirarse aún hoy en lugares públicos, y están registrados con otro nombre, siendo de su autoría, como por ejemplo, los esmilodontes de la puerta de entrada del Museo de Ciencias Naturales, que figuran como obra de De Pol, y sin embargo, ellos recuerdan haber escuchado a sus padres asegurar que esa obra le pertenecía.
Sus esculturas más conocidas fueron las siguientes: en 1888 realizó el monumento a Giuseppe Garibaldi, en Villa Garibaldi, donde se pensaba levantar, primitivamente, la capital de la Provincia de Buenos Aires; el Águila de Plaza Italia, símbolo de la confraternidad Argentino-Italiana (año 1913); la Virgen situada en el Asilo Marín, construída en mármol de Carrara y para lo cual viajó a Italia con su hija Elena, a buscar el material; una obra denominada “Primavera”, construída en mármol, de 1,50 mts. de altura y 300 kgrs. de peso, valuada en U$S 500.000, la cual se encontraba en el Zoológico desde el año 1925 y que fue “misteriosamente” robada en 1994; tres fuentes que están en el Zoológico, una en mármol blanco que representa tres leones, la segunda un grupo de ángeles jugando sobre una valva marina y la tercera un grupo de niños jugando abrazados a un ganso, en las cuales se puede observar bastante deterioro; “Los Querubines” ubicada en el Parque Saavedra; la estatua central de la “Libertad” realizada en bronce, del monumento a la “primera Junta” de la plaza del mismo nombre, hoy Plaza San Martín; la estatua de la Libertad del monumento a Mariano Moreno, emplazado en la Plaza Moreno hasta 1910. Estas dos últimas, obras fueron desaprensivamente destruidas en el momento en que fueron reemplazadas, en los años 1913 y 1910 respectivamente; pero hoy se pueden apreciar, expuestas en el Hall de entrada del Pasaje Dardo Rocha, las maravillosas maquetas realizadas por el platense Andrade, que reproducen fielmente las mismas. Muchas otras obras de su autoría, se encuentran en manos de particulares y familiares.
Fue fundador en 1898, junto a los Sres. Lizzoni, Manno, Rocca y Alvisio, dentro de la Academia General Belgrano, de una Academia de Bellas Artes, para la formación de profesionales en escultura, pintura, decoración, talla en madera, litografía, cromolitografía, zingotipía, dibujo y caligrafía.
Fue profesor del Centro de Bellas Artes y en 1908 recibió una medalla de oro como tal, la cual se encuentra hoy al cuidado de una de sus nietas.
El día 20 de Abril de 1921, debido a un cáncer de garganta, falleció en nuestra ciudad a los 69 años de edad y sus restos descansan en el cementerio de La Plata, en el altar de la bóveda que construyó para él, su hijo Francisco.
Hoy, cuando se lo recuerda, para todos es “el nonno”, a pesar de que no hayamos tenido la dicha de conocerlo, estará siempre presente en nuestras vidas, cada vez que veamos alguna de sus maravillosas obras, o levantemos la vista al cielo, y veamos en lo alto, el “Aguila” en la Plaza Italia; la que no nos permite olvidar, que también somos italianos.
Cecilia Denaro, era de carácter totalmente opuesto al de él, enérgica y autoritaria, llevaba el mando de la casa y luego de la muerte de su esposo, también el del taller. Falleció el 12 de Marzo de 1943 a los 86 años, y sus restos están en el altar junto a los de Abramo.
De los siete hijos de Abramo, los que heredaron su veta artística fueron Marianna, Gaetano y Francisco; estos últimos, junto a su padre, desarrollaron su arte como escultores en nuestra ciudad.
Gaetano, estudió en una escuela de arte de Milán, y a los 22 años junto con su hermana Marianna, partieron a la Argentina a reunirse con su familia, pero ella permaneció muy poco tiempo en el país, por no poder adaptarse a la nueva y primitiva ciudad. Volvió a Milán con sus tíos, oponiéndose a la voluntad de sus padres. Tal rebeldía, le costó que en la familia fuera casi prohibido su nombre y su recuerdo, y es prueba de ello que muy pocos de sus sobrinos sabían de su existencia. Se dedicó a la pintura, dicen que con mucho talento. Las últimas noticias de ella, fueron unas líneas en el año 1951, cuando al enterarse de la muerte de su hermano Gaetano, deseó saber si le había dejado alguna herencia, ya que su situación económica era muy mala. Recientemente, supe que murió soltera en la Ciudad de Milán, el 27 de Marzo de 1977, cuando le faltaban solo días para cumplir los 96 años y sin haber vuelto a ver a su familia.
Francisco, quien había heredado la bohemia y el carácter débil de su padre, y Gaetano con la firmeza de la madre, continuaron con el taller de escultura, transformándolo con el tiempo, de acuerdo a las necesidades de la ciudad, en un taller de ornamentos, donde, ya no solo se realizaban bustos de prominentes figuras nacionales, extranjeras, etc., sino también surtidores de agua, bancos para plaza, balcones y todas aquellas estructuras que requerían de la mano de un artista. También de ellos se puede observar a la fecha, algunas de sus obras en lugares públicos y particulares. Por ejemplo el busto del Gral. San Martín, en el Club San Martín, de la calle 22 y 53, el busto de Mary O´Graham, fundadora del Normal Nº 1, sito en la calle 51 e/14 y 15, el cual se encuentra en el hall de entrada al salón de actos del primer piso de dicho colegio, ambos del escultor Francisco Giovanola.

También son obra de los Giovanola la gruta del bosque y los ornamentos de algunos frentes de viviendas de nuestra ciudad, el llamado ART NOUVEAU.
Gaetano Giovanola, en su matrimonio con Manuela Bertoloni tuvo tres hijas, Esther (Teté), Cecilia (Chichí) y Susana (Susy) y falleció en el año 1951 de cáncer de próstata, a los 69 años de edad en nuestra ciudad.
Elena Giovanola se casó con el Arquitecto Achille De Lazzari, y tuvieron dos hijos, Elsa De Lazzari y Renzo Juvenal De Lázzari.
Ana Giovanola, contrajo matrimonio con el Ingeniero Alfredo Mieri y tuvieron cinco hijos, Ligia (Meneca), Oscar (Bebe), Jorge (Negro), Lía (Nené) y Zulma (Pinina).
Raquel Giovanola, se casó con el Dr. Rodolfo Codino, se radicaron en Ensenada y tuvieron seis hijas, Nélida, Dora, Haydee, Graciela, Nelba y María de las Mercedes.
El menor de los hijos, Carlos Giovanola, se casó con Elisa Mondi, y al igual que los Codino se establecieron en Ensenada, y tuvieron dos hijos, Raúl (Buby) y Miriam.
En los comienzos de la década de 1920, Francisco Giovanola concurrió por trabajo a la Escuela Sagrada Familia, y conoció a la alumna pupila, Angélica Viñales, once años menor que él. Se enamoraron y comenzaron el noviazgo.
En esa época Francisco estaba construyendo la bóveda para su padre y en el momento de hacer el ángel que custodia la puerta de entrada, inconscientemente reflejaba en él, el amado rostro de su novia. Esto le desagradaba a su autoritaria madre, por lo tanto se lo hacía deshacer, y hacerlo nuevamente; pero al rehacerlo repetía los mismos rasgos. Cecilia debió resignarse, y hasta el día de hoy, sobre la puerta de la bóveda familiar, pueden contemplarse sus rasgos juveniles, en el rostro del ángel, que con la cabeza ladeada y expresión triste, contempla la entrada.

Angélica era la rica heredera, hija del terrateniente de Lobos, Don Pedro Viñales, y sus futuras cuñadas la llamaban socarronamente “la estanciera”. El 15 de Diciembre de 1923 se casaron; Angélica era de carácter firme, aunque no tan autoritario como el de Cecilia Denaro, y como ella, a falta de un esposo decidido, debió llevar las riendas de su casa. Tuvieron a su primera hija Elsa, el 28 de Septiembre de 1924, un año y medio después el 16 de Febrero de 1926 a Delia Cecilia, y el 1° de Abril de 1927, el día en que Francisco cumplía 35 años, nació su único hijo varón, Mario Horacio Giovanola.
Gracias a la herencia que Angélica aportó al matrimonio, y a la trayectoria artística de Abramo, a la que su hijo Francisco dio continuidad, gozaban de una situación económica y social privilegiada. Fueron de los primeros en tener automóvil, y en su casa reinaba el lujo y la abundancia. Veraneaban en Mar del Plata y no conocían de privaciones, hasta que Francisco fue dilapidando, poco a poco, y con el correr de los años, cada peso de la fortuna que estaba a su cuidado. No por derrochón, ni jugador, ni mujeriego, sino simplemente por bohemio, bondadoso, crédulo, y el poco sentido común que tenía para los negocios en los que se embarcaba. Éstas eran cualidades o defectos, según quiera verse, heredados de su padre, Abramo, quien al igual que él, daba lo que tenía a quien lo necesitara. Francisco, prestaba a quien le pedía, y por supuesto, jamás le devolvían lo prestado. Hacía negocios que eran un fracaso absoluto, e iniciaba juicios legales a quien podía, pero con resultados negativos.
Lamentablemente son pocos los recuerdos que yo tengo de él, pero esos pocos me hablan de alguien que a pesar de sus defectos, era sencillo de amar, ya que irradiaba bondad y ternura. Todos los días, cuando yo era muy chica, él viajaba en tren desde City Bell, lugar donde vivía, hasta mi casa en La Plata, con la excusa de comprar el pan en el despacho que teníamos. Pero yo creo que su verdadero motivo era visitarnos y sentirse acompañado, aunque sólo fuese por un ratito. Eso nos muestra su necesidad de amor, y de esa familia que debido a su poca cabeza, no supo mantener a su lado.
Angélica, intentó dar a sus hijos todo lo que ella no había tenido: les compraba los más lindos trajes y todo aquello que a pesar de su riqueza económica, cómo pupila y huérfana le había faltado. Su hija Delia, la recuerda ejerciendo en su vida, el rol de madre y padre. Era una mujer con carácter y decisión, cuando su dinero se terminó, consiguió empleo en una oficina, para poder seguir dándoles lo necesario; manejaba su automóvil, y con sus hijos se iba de viaje a Mar del Plata; éstas eran cosas poco habituales en esa época, donde la mujer solo era bien vista haciendo las tareas domésticas. Supongo que la vida la hizo ser fuerte, para poder sobrevivir a los golpes recibidos, y a veces esa fortaleza, se confunde con dureza y nos mantiene distantes. Por eso, y porque nos veíamos muy poco, no son demasiados los recuerdos que yo tengo de ella, y por la misma causa, tampoco llegué a conocerla profundamente, pero sí estoy segura, de que no tuvo una vida muy dichosa, no debe haber sido fácil crecer sin familia, y cuando logró formar la propia, seguramente habrá necesitado quien le diera el amparo y la seguridad que nunca había tenido, y que lamentablemente, Francisco, a pesar de ser una gran persona, no tuvo la capacidad de darle.
Con el correr del tiempo, comenzó a viajar todos los días y durante más de 20 años a Florida, Buenos Aires, a cuidar a los hijos de su hija mayor, Elsa; y en los últimos años, para evitar el largo viaje, se quedaba allá de lunes a viernes. Fue grande la tarea que realizó como madre y abuela, pero no es difícil imaginarse la soledad que Francisco sentiría.
Francisco falleció en la tarde del 26 de Mayo de 1973, a los 81 años, atropellado por un automóvil, en el Camino Centenario, frente a la estación de trenes de City Bell, cuando hacía las compras para la casa. Sus restos se encuentran con los de sus padres y hermanos en la bóveda familiar, y su recuerdo estará siempre en mi corazón.
Angélica murió el 10 de Octubre de 1975, a los 72 años, y sus restos están junto a los de su esposo en la bóveda de los Giovanola.
Elsa, su hija primogénita, de carácter fuerte como la madre, se recibió de maestra y se casó el 27 de Diciembre de 1947, con el Contador Anibal Badell,
radicándose en Florida, Provincia de Buenos Aires, dónde tuvieron cinco hijos. El mayor Carlos, luego Alberto y Marcelo. Después de algunos años nacieron sus dos hijas mujeres: Alejandra y Andrea. Sus cinco hijos les dieron nueve nietos: Martín y Alejandro, hijos de Carlos Badell e Ingrid Smulevici; Paula, Axel y Erica, hijos de Alberto Badell y Graciela Diamante, y Agustín, que es el cuarto hijo de Alberto en su segundo matrimonio con Liliana Jardón; Marcos y Bárbara, hijos de Marcelo Badell y Gloria Sánchez, quienes desde el año 1989 viven en España; y Tadeo Berdasco, el hijo de Alejandra Badell y Oscar Berdasco.
Elsa Giovanola, falleció el 13 Diciembre de 1994, a los 70 años, tras una larga enfermedad.
La segunda de las hijas de Francisco y Angélica, Delia Giovanola,
de carácter más alegre y menos rígido que su hermana, fue también maestra, y se casó con Jorge Ogando. Como no pudieron tener hijos propios, adoptaron un niño de la Casa Cuna, al cual llamaron Jorge Oscar Ogando. Siendo Delia aún muy joven quedó viuda, y después de algunos años contrajo sus segundas nupcias con Pablo Califano, que vivía en Villa Ballester, donde establecieron su nuevo hogar.
Jorge, el único hijo, permaneció en la Ciudad de La Plata; era empleado del Banco de la Provincia y se casó con la abogada Stella Maris Montesano.
El 11 de Junio de 1973 tuvieron a su primera hija, Virginia Ogando.
Cuando Virginia tenía tres años, y cursando Stella el séptimo mes de su segundo embarazo, en la noche trágica del 16 de Octubre de 1976, son secuestrados de su domicilio por fuerzas militares, acusados de ser partícipes de un grupo guerrillero llamado ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). El bebé nació, de acuerdo a la versión de testigos prisioneros, que posteriormente salieron en libertad, el 5 de Diciembre de 1976 y fue ilegalmente regalado, o vendido, a manos anónimas. Jorge y Stella fueron asesinados y sus restos nunca devueltos a su familia.
Desde el mes de Marzo de 1976, cuando se llevó a cabo el último golpe militar de nuestro país, tener una ideología política o simplemente “pensar”, era muy riesgoso, casi podríamos decir que era el paso seguro hacia el secuestro, la tortura y posterior muerte. Tener un amigo, conocido o familiar en esas condiciones, te hacían ser el probable candidato como próximo desaparecido. Salir a la calle era peligroso, en cualquier momento podías encontrarte en medio de un tiroteo, o simplemente ser llevado por fuerzas policiales para averiguación de antecedentes, y cuando estabas adentro, ya no sabías si volvías a salir con vida.
En medio de ese clima, y a pesar del terror que reinaba en el país, Delia se unió a un grupo de madres que reclamaban, con su silenciosa y valiente presencia en la Plaza de Mayo, la aparición con vida de sus hijos. Luego fue fundadora, junto con otras 11 abuelas, del grupo de “Abuelas de Plaza de Mayo”, las cuales reclamaban la devolución de los nietos nacidos en cautiverio.
Virginia, se crió con su abuela Delia y su abuelo Pablo. Martín Ogando, como le llamarían a ese hijo que estaba por nacer, hasta el día de hoy, es buscado infructuosamente por su abuela Delia y su hermana Virginia.
Virginia Ogando, se casó con Franco Gasparri en 1998, y se radicaron en Saladillo, Provincia de Buenos Aires; en 1999 nació su hija Malen y pronto nacerá su segundo hijo.
El último de los hijos de Francisco y Angélica, Mario Horacio Giovanola, como ya dijimos antes, se crió al igual que sus hermanas, entre la abundancia y el lujo, hasta que la situación económica de la familia cambió; fue entonces cuando debieron mudarse a una casa menos lujosa en la calle 49 e/ 19 y 20. Mario era delgado, de cabellos negros y carácter alegre, travieso y muy mal alumno. Cuando estaba en primer año de la escuela secundaria, a diferencia de sus hermanas, él dejó los estudios y comenzó a trabajar en lo que podía ...

f) La unión

Para hablar de la unión de las familias Scoppa, Perfetti, Viñales y Giovanola, debo volver a traer al relato a personas ya nombradas, retrocediendo en el tiempo, a épocas en que casi todos estaban con vida. En la casa de la calle 49 e/19 y 20, la familia de Francisco Giovanola y Angélica Viñales, tenían como vecinos, en la casa lindera a la de ellos, a la familia de Vitaliano Perfetti y Rosa Scoppa. Delia Giovanola, aún no se había recibido de maestra, pero sus estudios ya estaban avanzados y le permitían colaborar en las tareas escolares de su vecina cinco años menor, Dora Perfetti. La tarea no resultaba nada fácil cuando Mario Giovanola, el hermano menor de Delia, se instalaba en el comedor, a observar las clases que su hermana le daba a Dora. Los dos, Dora y Mario, se quedaban mirándose con cara de estúpidos, embobados el uno con el otro. Es así como nace el amor entre ellos, saliendo recién de la niñez, Dora a los 14 años y Mario a los 18, comenzaron un hermoso noviazgo que terminó en boda, cuando el 1° de Diciembre de 1952, sellaron su destino y la unión de las familias, con Angélica Viñales como madrina, esperando en el altar junto a su hijo Mario, y Dora entrando a la Iglesia del brazo de su tío y padrino Silvio Capodaglio. Se fueron de luna de miel a Córdoba, al regreso instalaron su hogar en la casa del tío Silvio, la tía Checca y la nonna Rosa, en 51 e/ 22 y 23; la casa era muy grande y el corazón de los tíos también. Dora era la hija que no habían tenido, y los hacía muy felices tener al nuevo matrimonio con ellos. Se ubicaron en la piecita de la planta alta, y comenzaron su vida con alegrías y tristezas. Dora trabajaba como empleada administrativa de la Aseguradora Río de La Plata, y Mario tuvo muchos trabajos diferentes, ninguno le duraba demasiado, hacía negocios que inevitablemente fracasaban, era indudable que algo había heredado de su padre. Tuvo la mayor variedad de trabajos que uno pueda imaginarse: tuvo taller de remallado de tejidos, arregló radios, trabajó en la compañía telefónica, en el Ministerio de Educación, en Asuntos Agrarios, tuvo camiones, una ferretería en la calle 71 y 19, trabajó en un Instituto de Menores de Abasto, en la utilería del canal 2 de televisión, etc. De su abuelo Abramo, Mario heredó el carácter alegre y el estar siempre preparado para hacer bromas, a veces muy pesadas. Mientras que él no llegaba a nada concreto en lo laboral, era Dora quien por lo general solventaba la casa con su sueldo, a pesar de su asma, que no disminuyó con los años y que a veces la mantenía postrada en la cama. El martes 30 de Marzo de 1954, nació la primera hija, Adriana Beatriz Giovanola. Y así como Dora fue para Silvio la hija que la vida no le había dado, Adriana fue la nieta de su vejez; la adoraba, pero pudo disfrutarla muy poco tiempo, ya que falleció al año siguiente. Dora continuó trabajando, así que Rosa su madre era quien la cuidaba en esos horarios. Como a Adriana no le salía decir abuela, le decía “Lela”, y fue la forma en que la llamó desde ese momento y con el tiempo también su segunda nieta, yo, Gabriela Laura Giovanola. Nací el miércoles 17 de Diciembre de 1958, y mi hermana, Adriana, corría de la mano de Lela, para no perder el micro que las llevaría al Hospital Italiano, a donde iban a ir a conocerme, con una muñeca que me habían comprado de regalo; pero en la carrera, se le cayó y se le rompió, dicen que no tenía consuelo. Es una anécdota que puede parecer tonta, pero que en su momento, y para esa niña de cinco años, fue tan importante, que hasta el día de hoy lo recuerda. Adriana era de carácter tranquilo, calladita y dócil, no daba ningún trabajo en su crianza, yo en cambio hice renegar por las dos, caprichosa e indomable, traviesa y charlatana. Cuando yo tenía dos años, murió la nona Rosa, mi bisabuela y dos años después tía Checca. Mis abuelos maternos, Vitaliano y Rosa, “Lela” y “Lelo”, vendieron la casa de 49 e/ 19 y 20, y junto con su hijo Luis, nuestro tío y padrino, se mudaron con nosotros a la casa de 51, para facilitar así, la tarea de cuidarnos mientras mi mamá, Dora, trabajaba. Mi tío Luis se casó y durante algunos años vivimos todos juntos. El 30 de Septiembre de 1963, nació Claudio, su único hijo, del cual mi mamá fue la madrina, y con un carácter tan indomable como el mío; así que como es de suponer, nos peleábamos continuamente, y éramos dos para enloquecer a la pobre Lela. Dora era alegre, de corazón bondadoso y audaz, su risa era tan contagiosa, que hasta hoy nadie puede olvidarla. El primo, José Scoppa, la llamaba Clo Clo, porque decía que al reírse, parecía una gallina. Con su prima Tita, se adoraban, donde iba una, allí estaba la otra; Dora se quedaba a dormir en la casa de Tita, y a pesar de los cinco años de diferencia que existía entre ambas, se confiaban todos los secretos y compartían todos los momentos, buenos y malos; se sentían más que primas, como hermanas. No es mucho lo que puedo contar, ya que la mente, ese misterio donde el hombre aún no pudo entrar, ha hecho que borrara mi infancia casi por completo, en defensa de aquellos recuerdos que por malos o por buenos y perdidos, nos hacen daño. A mediados del mes de Junio de 1965, Dora se encontraba en cama, con un cuadro que el médico, Raúl Serio, diagnosticó como gripe. A pesar de la época invernal, el clima estaba caluroso debido al conocido veranito de San Juan. Después de unos pocos días de seguir las indicaciones y tomar la medicación que Serio le había recetado, se empeoró, y ante la emergencia se llamó a otro profesional, quien diagnosticó hepatitis; a causa de la medicación erróneamente indicada, se encontraba en estado de pre coma. “Los minutos son oro”, dijo, y él mismo la llevó a internar en su coche, no había tiempo de esperar una ambulancia. Fueron días de dolor y angustia, la gente venía a mi casa, a preguntar por su estado, yo presenciaba todo, pero con mis escasos seis años no tenía idea de la dimensión de lo que estaba sucediendo. Marta, la esposa de mi tío Luis y su cuñada, la cuidaba día y noche, y dicen que a mi papá no lo podían despegar de su lado; permanecía de rodillas al lado de la cama, llorando desconsoladamente. Pero todos los esfuerzos fueron inútiles: tras cinco días de internación, luchando entre la vida y la muerte, con tan solo 34 años, el viernes 25 de Junio a las 21 hs., falleció en el Hospital Italiano. A partir de ese instante, todo aparece en mi recuerdo como flashes imborrables. Lela, en medio de sus lágrimas, nos hizo arrodillar a Adriana y a mí, junto a ella, y rezar por nuestra madre, luego sin explicaciones nos sacaron de la casa; nos llevaron a dormir a la casa de Yolanda y Beatriz Pión; parientes muy lejanos, pero muy cercanos en nuestros sentimientos. Cuando estábamos saliendo de nuestra casa, en la galería de la entrada, nos topamos con dos hombres, seguramente parientes, que traían a mi papá, arrastrándolo por debajo de los brazos, casi desvanecido, y bañado su rostro en lágrimas; se detuvieron al vernos, como si no supieran cómo actuar, y alguien nos hizo darle un beso, como si eso pudiera calmar el dolor que estaba sufriendo. Por la mañana, nuestra tía, Delia Giovanola, fue a vernos y darnos oficialmente la desgraciada noticia. Primero a mi hermana, por ser la mayor, tenía 11 años, y después a mí. El velatorio, como era habitual en esa época, se realizaba en las casas, y nos dieron la posibilidad de elegir si estar presentes, o no. Mi hermana dijo que sí, en cambio yo, preferí ir a la casa del hijo de Yolanda, Raúl Pión, a jugar con su hija Marisa; la casa de ellos distaba sólo una cuadra de la mía, pero allí todo estaba igual, nadie se había muerto. No tenía conciencia real de lo que sucedía a mi alrededor, pero el instinto hacía que huyera de lo que estaba pasando. En algún momento del día, alguien fue a buscarme, a pedido de mi papá, para que me despidiera de mi mamá. Desde la vereda, estaban las flores y la gente. Entré caminando en medio de la multitud, habían abierto un camino y desde los costados me acariciaban la cabeza y me miraban con lástima. El olor a flores era tan intenso, que hasta el día de hoy puedo sentirlo, hasta que llegué hasta ella; aunque no recuerdo la imagen, sí recuerdo que alguien me alzó para que le diera un beso, dicen que fue mi papá. Me fui nuevamente a la casa de Raúl, y jugaba en la vereda con Marisa, como si nada hubiera ocurrido en mi vida, cuando de golpe una mano me llevó dentro de la casa, tratando de evitar que viera el cortejo fúnebre que se dirigía al cementerio. Tarde, yo ya lo había visto, y sabía qué era; no sé si lo sabía por haberlo visto otras veces, o simplemente algo muy dentro mío me lo decía. Mi hermana Adriana, fue al cementerio, y como si fuera poco lo que le estaba pasando, alguien le dio una cruz de rosas con las cuales, con sus solo once años, debió caminar detrás del cajón, encabezando el cortejo. Creo, más que recordar, que en nuestra vida nada volvió a ser lo que era. Durante muchos años, nuestro paseo, fue ir los domingos al cementerio, a la bóveda donde descansaban sus restos. Mientras Adriana y yo lustrábamos la placa, y llenábamos de agua los floreros, para poner en ellos la cantidad tremenda de flores que siempre comprábamos; nuestro padre se subía a un banco y destornillaba la tapa de madera del féretro de mi mamá, y aunque debajo se encontraba la tapa de cinc, el de todos modos pasaba el brazo como si pudiera abrazarla, y así se quedaba, llorando hasta el momento de irnos. En su dolor egoísta, nunca pudo comprender que no era él, el único que sufría, y que en lugar de ayudarnos a sobrellevar la pérdida, nos hundía cada vez más en el dolor. Su desequilibrio llegó a tal punto, que debieron internarlo durante un mes en una clínica psiquiátrica, donde se le realizó una cura de sueño. Nuestra infancia no fue muy feliz, no sólo habíamos perdido a nuestra madre, también perdimos un padre, porque en su necesidad de aturdirse y olvidar, no paraba un solo instante en la casa, se iba de viaje con sus amigos, o con la excusa del trabajo, ya que luego compró un taxi, sólo venía a dormir; pero cada día 25, de cualquier mes que fuera, nos prohibía que escucháramos música o miráramos televisión; como si el resto de los días, alguien pudiera olvidar, el vacío que había quedado en nuestras vidas. Pero no todo fue malo: Dios o la vida nos quitó a nuestra madre, pero en compensación, nos dejó a nuestra abuela, Lela. Ella a pesar de no haber podido superar nunca la muerte de su hija, tuvo la fortaleza suficiente para ocuparse de nuestra crianza y darnos todo el amor que a su alcance estaba, y era mucho. A partir de ese momento vivió sólo para nosotras, nos malcrió y sobreprotegió, pero de una forma que no se le puede reprochar, sólo agradecerle, porque fue exceso de amor, que nunca es exceso. A los 14 años, y a pesar de la oposición de nuestro padre, Adriana se puso de novia con Néstor Alfredo Pieroni, de 21 años. El noviazgo duró siete años, hasta el 27 de Diciembre de 1974 que se casaron en la Parroquia Nuestra Señora de la Victoria, en la calle 23 y 54. Habiendo pasado algo más de un año y viviendo en nuestra casa de 51 y 22, nació la primera hija, Romina Pieroni, el 9 de Febrero de 1976, ese día Lela cumplía 73 años, y como regalo nació su primera bisnieta, y mi primera sobrina y ahijada. Después de tantos años de tristeza, Romina selló el comienzo de un tiempo mejor; volvieron a nuestra casa la vida, la alegría y la esperanza, de la mano de cada niño que nacía. El 23 de Julio de 1980 nació el segundo hijo, Juan José Pieroni, y el 14 de Septiembre de 1988, el tercero y último, Ezequiel Pieroni. Lela, fue la única que conoció a cuatro de sus bisnietos, pues Vitaliano, Angélica y Francisco, ya habían muerto para ese entonces. Fue como bisabuela, a pesar de sus años, del mismo modo que había sido como abuela, atenta a cada necesidad, dándoles la mamadera, lavando los pañales, haciéndoles la comida; se dedicó a ellos como antes se había dedicado a nosotras. Con Romina y Juan José repitió la historia de nuestros primeros años: ella los cuidaba mientras Adriana trabajaba. Fue ejemplo de amor, dedicación y fortaleza ante la adversidad, y su muerte fue para nosotras como volver a perder a nuestra madre. Adriana, ya de casada, reabrió el antiguo despacho de pan de nuestra casa, luego se dedicó a la fabricación de ropa, la cual llevó la marca Apple Coach, y actualmente se dedica a la venta de purificadores de agua. Su esposo, Néstor Pieroni, desde los 22 años trabaja en una dependencia de gobierno, como empleado administrativo, y es el mejor entrenador de Básquet Infantil de nuestra ciudad. Romina Pieroni, a los 15 años fue la primera mujer argentina cinta negra de Karate Kempo, y se recibió de profesora de aeróbic. Hoy tiene 24 años y acaba de recibirse de Odontóloga y trabaja en el Club Platense, dando clases de gimnasia aeróbica. Juan José, juega al básquet desde los ocho años, y llegó a ser un jugador destacado, formando parte de la Selección Platense de Básquet, y hoy con 20 años terminó el segundo año de odontología. Ezequiel, con sus 12 años también juega al básquet desde los 6, y aún está cursando sus estudios primarios. Los tres viven con sus padres en la casa de 51, que nos viera nacer a todos, y de la cual son propietarios desde los primeros años de la década del 80. El lunes 29 de Septiembre de 1997, a las 9,50 hs, en el Instituto del Tórax, y tras una enfermedad de muchos años, falleció nuestro padre, Mario Giovanola, por una insuficiencia respiratoria causada por el cigarrillo. Con su muerte se fue el último de nuestros ancestros, y llegaron con más fuerzas las preguntas que siempre me había hecho, y que me motivaron a escribir este diario íntimo familiar. Con respecto a mi vida, no hay mucho destacable que contar: fui rebelde e hice renegar hasta el cansancio; me gustaba la escultura y el dibujo, pero no hice ninguna de las dos cosas, sólo algunos retratos al lápiz y como hobby. El 30 de Junio de 1978, a los 19 años, después de sólo ocho meses de noviazgo, me casé con Carlos María Rodríguez, de mi misma edad; por necesidad de tener una familia propia, hijos y ese clima de hogar que yo no recordaba, cometí el error de casarme arrebatadamente; como hice todo en la vida. Los primeros dos años vivimos con Lela, en la casa de 51; después comenzamos a alquilar y por lo tanto a deambular de casa en casa, sufriendo grandes padecimientos económicos. Como era previsible, me divorcié ocho años más tarde, en 1986. Pero también de los errores surgen cosas positivas y así fue que de ese fracaso surgió lo mejor que me pasó en la vida, el nacimiento de mis hijas. El miércoles 19 de Septiembre de 1979, a las 7,25 hs., en el Hospital Italiano, nació mi primera hija, María Laura Rodríguez Giovanola; y el martes 6 de Enero de 1981, a las 13,30 hs., en el mismo Hospital, mi segunda y última hija, María Agustina Rodríguez Giovanola. Cuando me divorcié mis hijas tenían 5 y 6 años, y las tres juntas comenzamos nuestra propia lucha de supervivencia. Trabajé durante unos 10 años, como facturista de clínicas, y desde hace 4 años trabajo como empleada administrativa de una obra social sindical. En los comienzos de mi divorcio, y para poder trabajar, inscribí a mis hijas en un colegio de doble escolaridad, en la calle 49 y 23, donde cursaron toda la escuela primaria. Desde muy chicas practicaron deporte: primero algo de patinaje artístico, un poco de natación y por último, a los ocho años comenzaron atletismo, llegando a ser muy buenas atletas. Las circunstancias hicieron que María Laura, por ser la mayor, debiera asumir en mis horarios de ausencia por trabajo, casi, el rol de madre ante su hermana. Fue algo que realizó con amor y esmero, cuidándola y atendiéndola como si no fuera también ella una niña de pocos años. Fue muy buena hija y alumna, y una atleta destacada que logró los títulos de Campeona Platense, Campeona Provincial, Campeona Nacional y Subcampeona Sudamericana, en las pruebas de 100 y 200 mts. llanos, Salto en Largo y posta 4 x 100, logrando a los 10 años el Record Platense de 50 mts. y a los 14 y 15 años, los Records Argentinos de 100 y 200 mts., respectivamente. A los 17 años, en 1997, se puso de novio con Gerónimo Poggi, con quien un año y medio más tarde, a los 19 años de María Laura y 18 años de Gerónimo, tuvieron un hijo. El domingo 18 de Octubre de 1998, a las 2 hs. de la madrugada, nació en el Hospital Español, mi primer nieto y el solcito de mi vida, Juan Ignacio Poggi. Debido a la corta edad de ambos y la falta de medios económicos, decidieron no casarse y continuar con el noviazgo, viviendo cada cual con sus padres, y así terminar con los estudios secundarios. María Agustina, mi hija menor, de carácter más fuerte y rebelde que su hermana, aunque más mimosa, fue también una excelente hija, alumna y atleta destacada en 100 y 200 mts. llanos, logrando del mismo modo títulos Platenses, Provinciales, Nacionales y Sudamericanos. Terminó sus estudios secundarios, y hace unos días, con 19 años, se recibió de Preparador Físico Deportivo. Adora a los animales en general, pero tiene debilidad por los perros y los caballos, como su abuelo Mario Giovanola. Juan Ignacio Poggi, como ya dije, nació el 18 de Octubre de 1998. Por deseo de mi hija, presencié su nacimiento y fui, después de su madre, la primera en tenerlo en brazos. Si antes dije que lo mejor que me pasó en la vida fue el nacimiento de mis hijas, ahora debo decir que el nacimiento de un nieto, no se puede describir con palabras, sólo se puede sentirlo. Juany, fue un bebé inquieto desde casi recién nacido, a los cinco meses corría con el andador y a los 9 meses caminaba solo por toda la casa. Le gusta mirar películas infantiles y es la única forma de tenerlo sentado. Le encanta jugar con pelotas, y con sus apenas dos años, es tal la destreza que posee, que nos da la impresión de que va a tener grandes condiciones deportivas; lo cual no sería llamativo, siendo hijo de una gran atleta y un buen jugador de fútbol, aunque Gerónimo, no llegó a niveles competitivos importantes. Es el primer niño de su generación en la familia, y el mimado de todos. Con sus dos años ya conversa mucho, aunque a veces hay que traducirle lo que trata de decir en su media lengua. Con él, retornó a la familia la ilusión de Papá Noel y los Reyes Magos. Otra vez a esconder los regalos y a poner agua para los camellos. Con él, se renovó la alegría ...

También volvieron las canciones de María Elena Walsh.. (Juani cantando 2 1/2 años)

Está terminando el año 2000, el segundo milenio ... y también una etapa de este diario, en el cual intenté resumir nuestra historia familiar de los últimos 150 años ... de aquí en más escribiremos entre todos, el futuro todavía incierto ....

g) Reflexión

Terminé de recorrer la vida de mi familia, comenzando con mis bisabuelos nacidos a mediados del siglo XIX y concluyendo con sus choznos al comenzar el siglo XXI. Recorrí fugazmente la vida de seis generaciones, y quedaron muchos baches que no pude llenar, por falta de información y de medios económicos para investigar más profundamente. Lo único que me queda, es hacer una reflexión muy personal: que poco sé “de todos”. Mis abuelos, salvo mi abuela materna por ser quien me crió, murieron sin que jamás me preocupara por conocerlos, y no es disculpa suficiente mi poca edad de entonces, es “indolencia“, y eso no tiene justificativos. Tuve que preguntar a otros, cómo era mi abuela o mi abuelo, y además de sentir una gran vergüenza por mi ignorancia, descubrí que ninguno de los cuatro, tuvieron vidas muy felices. Los dos matrimonios tenían grandes desavenencias, eran muy distintos, jamás podrían haber tenido una pareja feliz, y supongo que siguieron juntos porque en esa época un divorcio, era un escándalo, y porque cuando se casaban, lo hacían para toda la vida ... aunque les costara la vida.
Llegué al final, y sigo ignorando mucho de lo más importante : el interior de cada uno de ellos, sus sueños, sus ilusiones y sus penas.
Quisiera el milagro de los cuentos de hadas que leíamos de chicos, para tenerlos un momento de nuevo conmigo, un momento que no sería suficiente para conocerlos, pero sí para darles ese abrazo que no les di. Un solo momento, para sentirlos cerca y decirles cuanto los quiero. Un solo momento, para guardar en mis pupilas una sonrisa de ellos, y en mi piel, esa caricia que no recuerdo.
Y si los milagros son posibles, un momento también con mi mamá, para al menos tener un recuerdo de ella, de su mirada, de su voz, de su risa, y de cómo era tener una madre que te de amor, que te cuide y te mime. No quiero tener solamente el recuerdo de su agonía y muerte, quiero recordarla con una sonrisa y con un sabor dulce en la boca y en el corazón.
Pero la vida no es un cuento de hadas, y los milagros de ese tipo no existen, entonces, debo seguir adelante, lo que fue, ya no se puede cambiar, pero somos dueños de modelar nuestro futuro y no permitirnos cometer una vez más los mismos errores. No dejemos para otro día el ir a visitar a un familiar, porque a lo mejor llegamos tarde. No importa si el otro no nos demuestra la misma necesidad, demos el primer paso para lograr un acercamiento. No esperemos recibir, para dar, hay que dar por la simple satisfacción que nos da hacerlo.
Por último, quiero escribir una frase que alguien muy querido una vez me dijo: ¡ ... nunca dejes de dar amor, pues quien vibra en amor, vibra en perfección !

h) Viñales - Investigación actualizada

En la primera parte del Diario, al escribir sobre la familia Viñales, casi no había nada para decir, todo era un misterio y lo poco que se sabía, terminamos descubriendo que distaba mucho de la realidad, lo más lógico sería borrar esa única página escrita y empezar de nuevo, pero hemos decidido conservar por escrito ese pedacito de historia, o fantasía, que escuchamos desde siempre y que escucharon mi padre y sus hermanas toda su vida.
De acuerdo a la investigación realizada por Adriana en los Tribunales de La Plata, se pudieron hilvanar algunos retazos de esa historia hasta hoy desconocida y el siguiente relato está basado en esos documentos, en los libros de la iglesias de Lobos donde están registrados algunos de los nacimientos y casamientos, en fragmentos de libros de historia y en la literatura de esa época...
En la época colonial existían los "Alcaldes de hermandad'", nombrados por el Cabildo de Buenos Aires, que tenían como misión "entender en los delitos cometidos en el campo". En 1756, entra en funciones el Cabildo de la Villa de Luján, "con la misión explicita de crear un orden favorable a la expansión de las actividades productivas, sobre todo la ganadería, y de limitar el margen de acción de los potenciales competidores de los productos leales en la posesión de tierras, hombres y ganados, se pone especial énfasis en la necesidad de multiplicar los medios de control social, de generar nuevos mecanismos de defensa contra las incursiones indígenas y de instrumentar una legislación represiva contra los vagos y malentretenidos que pululaban en la campaña". Pero esta creación trajo sus consecuencias, ambos Cabildos se disputaban el derecho de nombrar los Alcaldes. Conflicto que se prolongó en el tiempo. Hacia fines de 1798 se encamina todo para devolverle al Cabildo de la Villa de Luján la potestad para designar los Alcaldes. La jurisdicción de este Cabildo era muy amplia y abarcaba desde el Río de las Conchas, hoy Río Reconquista, hasta el Río de Areco y desde el Río de la Plata, por el norte, hasta la frontera con el indio. Estaba dividida en dos alcaldías, a un lado y al otro del Río Luján. El José C. Paz de hoy, estaba dentro de esta jurisdicción. La vigilancia de estos territorios estaba confiada a los "Alcaldes de Hermandad", cumpliendo esta función, entre otros: Ventura López Camelo, Felipe Santos Velazco, Bernardo Miranda, Felipe Antonio Martínez, Pedro Joseph de Ponze, Joseph Gregorio de Pinazo, Juan López Camelo, Francisco Viñales, Francisco Torales, Tomás Basabe, Agustín Rodríguez, Silvestre Burgos, José Olivera, Martín Arnaez, Manuel Antonio González, Toribio Rodríguez, Joaquín de la Madrid, Lorenzo López Camelo, Manuel Montauta, Pedro Antonio Torres, Santiago Parra. En 1821, los "Alcaldes de Hermandad" fueron sustituidos por el "Juez de Paz". (Extracción de textos).
Francisco Viñales, Alcalde de la Hermandad del Siglo XVIII y su esposa, Úrsula Navarro tuvieron dos hijos, Parda Petrona y Martín.
Según el libro “Amalia” de José Mármol, Martín Viñales, nuestro chozno, fue también como su padre, Alcalde de la Hermandad de Lobos. En el año 1812 se casó con Antonia Villamayor, hija de Casilda Lemus y Pedro Villamayor, y no tuvieron hijos del matrimonio. Sin embargo Martín tuvo tres hijos ilegítimos, Francisca, Juan y Pedro Celestino.
Martín Viñales era propietario de un campo de 94.740.000 varas cuadradas, que son aproximadamente 7.105 hectáreas. Por testamento deja 1/3 de sus bienes a sus hijos naturales Pedro Celestino y Juan, y 1/5 a su hija Francisca, el resto a su esposa Antonia, excepto algunas indicaciones para otros parientes.
Sin embargo Francisca murió a los 13 o 14 años de edad, viviendo aún su padre; el segundo hijo, Juan, se fue a vivir a Chile y se casó con Juana Córdoba, con quien tuvo una hija, Juana Máxima Viñales. En 1857 y ya fallecido Juan, su esposa se casó con Gorosito. La hija, Juana Máxima, se casó con Martín Mansilla y vendió su parte de campo heredada a los Gorchs.
El tercer hijo, Pedro Celestino, nuestro tatarabuelo, el 25 de Mayo de 1833 se casó en la Parroquia de Lobos con Melitona Senas, hija de Jesocos Senas y Juana Gregoria Villamayor, siendo esta última, hermana de Antonia Villamayor, la esposa de Martín Viñales. El casamiento se encuentra registrado en el Libro N° 2 de Casamientos, Folio 72, y dice “Con dispensa en el impedimento de cosanguinidad”. Toda una contradicción ya que en la documentación sucesoria dejan constancia de que no hubo hijos en el matrimonio y de la ilegitimidad de sus tres hijos, de ser esto correcto no habría consanguinidad. Pero será uno de los tantos enigmas que jamás develaremos.
Pedro Celestino y Melitona Senas, tuvieron cuatro hijos, en 1834 nació Enriqueta del Corazón de Jesús, en 1836 Martín, en 1838 Juana Paula y en 1840 Pedro Servando, nuestro bisabuelo.
En ese mismo año en que nace Pedro Servando, su abuelo Martín Viñales, es asesinado por gente de Juan Manuel de Rosas.
Textual del libro “Amalia” :

...... -Tened la bondad de leer esta lista -dijo Daniel entregando un papel al señor Varela.
Este leyó:
"Nombre de los individuos que han sido presos en la semana anterior...
"P. Bernal, M. Sarratea, L. Martínez, S. Molina, S. Maza, Galazada, C. Codorac, Cornet, doctor Tagle, F. Elías, S. M. Achábal, F. Pico, R. Lista, S. Raya, M. Pineda, D. Pita, S. Alvarez, Viedma, S. Borches, S. M. Pizarro, C. Grimaco, S. Hesse (inglés), Chapeaurouge (hamburgués). Dos sobrinos del difunto Villafañe. A un fraile domínico se le llevó amarrado a la cárcel por haber dicho que el guardián de su convento era tan tirano como Rosas."
-¿Se dice algo sobre el motivo de esas prisiones? -preguntó el señor Agüero, luego que el señor Varela hubo acabado de leer la lista.
-Se habla algo de agio -respondió Daniel-; pero el señor Viñales no era agiotista -continuó.
-¿Viñales?
-Sí, señor Varela: el anciano don Martín Viñales, antiguo alcalde de la hermandad en Lobos, ha sido fusilado en Buenos Aires el día 15 del corriente, sin decirse por qué; pero las causas de las prisiones y de ese nuevo crimen las tenéis establecidas en toda mi correspondencia desde el mes de mayo, porque desde esa fecha, señores, no lo dudéis, ha comenzado para nuestro país la época que alguna vez se llamará del Terror; sigue su curso a medida que los acontecimientos políticos siguen el suyo, y dará sus últimos y terribles resultados cuando los sucesos se lo aconsejen a Rosas...


Inmediatamente después del asesinato de su padre, Pedro Celestino emigra del país dejando aquí a su esposa y a sus pequeños hijos.
Blas Agüero y Cecilio Zapiola son nombrados albaceas de los bienes, y tutores y curadores de los menores.
Por Decreto del Gobierno de Rosas, el 16 de septiembre de 1840 embargan la estancia de Martín Viñales, ante lo cual debieron entregar el establecimiento de conformidad con los Superiores Decretos.
El tiempo transcurre y Antonia Villamayor, viuda de Martín Viñales y casada luego en segundas nupcias con Carlos Hoad, deja testamento a favor de sus cuatro sobrinos, los cuales son a su vez nietos de su difunto marido; Enriqueta, Juana Paula, Martín y Pedro Servando, nombrando albaceas a Blas Agüero y Cecilio Zapiola, tutores y curadores de los menores.
En 1853 Melitona Senas de Viñales presenta un escrito de puño y letra, mediante el cual solicita información sobre el estado de la sucesión de los bienes de Antonia Villamayor, en la cual su esposo y ella tenían parte. Pide también ser representante legítima de sus hijos menores, herederos universales en ausencia de su esposo.
Pasa el tiempo y nada se sabe de Pedro Celestino, su esposa, Melitona continúa presentado escritos sin ningún resultado, algunas frases de los cuales se transcriben textuales a continuación:

Escrito del 23-3-1853
En el cual piden se le entregue una casa a Miletona para que pueda vivir con sus hijos, y otra para que la alquile y pague así su alimentación.
Escrito de 1854
Blas Agüero, albaceas de la testamentaria, es tutor de los hijos menores de Melitona, porque se temía que Rosas mandaría a embargar esos bienes porque “había perseguido a muerte a mi marido que se halla emigrado, y para hacerle creer así, al juez, que él había muerto o que jamás tendría parte alguna en la administración de los bienes de sus hijos”.
Agüero dice que “todos lo bienes de mi esposo habían sido embargados y también los bienes mismos de mi tía que les iba a dejar en testamento, así se hizo creyéndolo testadora de sus bienes embargados, también serían desembargados para entregarse al supuesto tutor de mis hijos”.
“Agüero ha engañado a Rosas y quiere engañar a los jueces creyéndose tutor de unos menores que tienen padres vivos.”
“Segundo Albacia trabaja en la estancia como si fuera suya, a puesto su propio negocio, acaso unido a Agüero”.
Agüero es citado a juicio en reiteradas oportunidades, pero este no asiste a ninguna citación que le llega, siempre con distintos pretextos.
Escrito del 1-7-1854
“Pedro Celestino Viñales, quien se encuentra accidentalmente en Valparaíso, deja un poder general para vender y hacer efectivo los créditos que le correspondan de la sucesión de sus padres, a Mariano Sasvatea, comerciante. Lo sustituyen después Juan Francisco Gutiérrez y Federico Toledo.”
Según escrito de noviembre de 1854
Miletona pide poner en posesión de los bienes al procurador Gutiérrez, apoderado de su marido, en reemplazo de Agüero. Pide además una pensión alimentaria de $ 1.000 para ella y sus hijos.
El 4-7-1856 Melitona presenta su último escrito reiterando sus reclamos que nunca fueron escuchados.
Según un escrito presentado el 20-1-1857, se presenta en la testamentaria de su hermana Antonia Villamayor, Juana Gregoria Villamayor, madre de Melitona, ya finada, dado que su hija no se pudo presentar en el juicio por alimentos por la grave enfermedad que la obligó a salir inmediatamente al campo de Santos Lugares, donde hace un mes y medio que falleció en la mayor indigencia, dejando sus cuatro hijos menores, al cuidado de un pariente que los ha recogido en su casa de campo. “La afligente situación en que se encuentran mis nietos hace imperiosa la necesidad que tienen de la pensión solicitada para alimentos”.
Melitona Senas murió a los 40 años, el 8 de diciembre de 1856 y está enterrada en el cementerio del Norte.
Mientras tanto los hijos de Melitona, ya fallecida, y de Pedro Celestino, a quien nunca se volvió ver, crecieron y formaron sus propias familias...
Enriqueta se casó con Eloy Ruiz y tuvo, al menos que sepamos, un hijo, Enrique Ruiz Viñales.
Juana Paula se casó el 15 de septiembre de 1857 con Casimiro Villamayor, en la Parroquia Nuestra Señora de Monserrat. Con la conformidad de los herederos, 1860 Casimiro Villamayor fue nombrado albaceas de la testamentaria y Cecilio Zapiola renuncia al cargo.
En 1863, Gutiérrez, quien llegara de Valparaíso como supuesto apoderado de Pedro Celestino, presenta un escrito que dice...
"Tenemos presente la desgraciada situación política en el que el país se encontraba en aquella época. Los bienes de Antonia Villamayor estaban embargados. Mi representado, Pedro Viñales se hallaba proscripto y clasificado de unitario, no pudiendo por esa circunstancia ser instituido públicamente de heredero, pues no solo era peligroso el hacerlo, sino que no se permitía entonces. En tal situación no había otra cosa que hacer sino lo que se hizo por la señora, dejarle el legado en un documento auténtico, haciendo mención de él en su testamento para darle toda la fuerza y valor".
Según este escrito, se presenta un documento firmado por Antonia, ya muerta hace muchos años donde deja único heredero a Pedro Celestino, pero no lo presentaron antes porque era peligroso. Casimiro Villamayor dice que es un absurdo y considera falso el documento. Además cuestiona el relato de los hechos. Dice que si ellos que son contemporáneos distorsionan la historia, que se puede esperar que interpreten los que lean esto con el paso de los años. En otros escritos Gutiérrez quiere demostrar que Juana Máxima, hija de Juan Viñales, no tenía derecho a heredar porque duda de esa paternidad. Sin embargo eso nunca pudo demostrarlo ya que posteriormente veremos que ella hereda y vende su parte a un tal Gorchs.
Según un escrito de 1870
"En 1840 Pedro V. emigró del país, dejando a sus 4 hijos menores, y desde esa fecha hasta hoy no se ha recibido de él ninguna carta, ni tenido noticia alguna a pesar de las diligencias que se han practicado para averiguarlo."
Textual de un escrito de 1871
"La familia de don Pedro Viñales lo cree víctima de alguna acción de guerra o de uno de los tantos accidentes que es consiguiente a los que fugaban del país para buscar su salvación en otras tierras."

Juana Paula y Casimiro Villamayor tuvieron ocho hijos varones: Casimiro nacido 25 de diciembre de 1857; Julián Rodolfo el 28 de enero de 1859; Alfredo Antonio el 23 de agosto de 1861; José S. Maximiliano el 25 de Julio de 1863; Virgilio el 4 de noviembre de 1866; Enrique el 3 de agosto de 1870; Julio Julián el 28 de enero de 1872 y Jorge el 23 de abril de 1874.
Juana Paula falleció el 5 de junio de 1880 de “vicio orgánico del corazón” a los 39 años y su esposo, Casimiro Villamayor a los 58 años, el 28 de marzo de 1894 de “tétano traumático”. En 1901 se mensura el campo de Juana Paula de 2615 hectáreas, y se divide en 8 campos para sus herederos, estos campos eran linderos al oeste con los campos de sus hermanos Pedro Servando y Martín.
El libro “Juan Moreira” de Eduardo Gutiérrez, dice del esposo de Juana Paula... “En Lobos estaba, además del Juez de Paz, el señor Casimiro Villamayor, persona enérgica y rígida en el cumplimiento de sus deberes...”

Martín Viñales, el tercer hijo de Pedro Celestino y Melitona, murió el 9 de enero de 1868 a los 32 años. Enriqueta Viñales y su marido, le venden sus campos y el derecho de la sucesión de su hermano Martín, a su hermana Juana Paula. A partir de este momento se presentan una cantidad importante de escritos por el reclamo del pago. En ningún lado se encontró dato alguno de si el pago fue realizado. En otra parte, de los escritos de las sucesiones actualmente archivadas en los Tribunales de La Plata, dice que quedó en poder de Enriqueta una casa en la esquina de Potosí y Santiago del Estero N° 69 de Lobos, comprada en 1827 por Martín Viñales, el padre de Pedro Celestino. También se hace mención a otra casa en la calle Lima N° 213.
Y por último llegamos a Pedro Servando, nuestro bisabuelo, el último de los hijos de Pedro Celestino y Melitona, hermano de Enriqueta, Juana Paula y Martín, nieto de Martín y bisnieto de Francisco.
Pedro Servando Viñales, nacido en 1840, tiene cuatro hijos ilegítimos con Isidora Montoya, hija de Flora Giles y Marcos Montoya. El primero es Ceferino Montoya, nacido el 28 de agosto de 1893 en el Cuartel 1° de Lobos y el segundo es Martín Gabino Montoya, quien nació el 25 de febrero de 1895 en el mismo lugar; ambos fueron reconocidos por su padre como hijos naturales, el 10 de noviembre de 1895 (según escrito de fecha 24-10-1903).
Los dos hijos siguientes, Roberto Bernabé y Angélica, nuestra abuela, que nació el 14 de marzo de 1903, en el Cuartel 1° de Lobos, no fueron reconocidos legalmente por Pedro.
Pedro se casó en artículo de muerte con Eulogia Ferreira, la que falleció a los pocos días sin dejar sucesión.
Pedro Servando Viñales murió de hemorragia cerebral, el 19 de octubre de 1903, en el Cuartel 5° de Lobos, a los 63 años, dejando como bienes un campo del cuartel 5° de 200 cuadras mas o menos. 2 casas en el pueblo, una ocupada por Montoya y sus hijos y la otra arrendada. 6.000 animales lanares, 100 vacunos y 100 yeguarizos. $ 9.000 en efectivo en poder de su sobrino Enrique, el cual pide ser tutor de los hijos de Pedro, y que se reconozcan como legítimos a los dos hijos menores y solicita también administrar el campo en forma urgente, ya que requiere de una pronta atención.
La madre de los menores, Isidora Montoya, goza de poder restringido, el cual no alcanza a conferirle el usufructo ni la administración de los bienes heredados, por lo que el 16 de abril de 1904 el juez le confiere al Dr. José Manuel Ahumada la tutoría de los menores Roberto y Angélica, en el juicio de sucesión y filiación natural de los mismo. Sin embargo y a pesar de ser reconocidos como hijos de Pedro Servando Viñales, según nota marginal del acta de nacimiento, y suponemos que por un error administrativo se omite poner en el acta el nombre del padre, por lo tanto Angélica continuaba llamándose, según la partida de nacimiento, solo “Angélica”, sin siquiera aclarar el nombre de la madre.
Isidora murió cuatro años después, en 1907, dejando huérfanos a sus cuatro hijos. Angélica es enviada como pupila al colegio de monjas Nuestra Sagrada Familia de La Plata.
El 18 de agosto de 1944 se hace una segunda nota marginal donde dejan constancia que la madre de Angélica es Isidora Montoya y el padre es Pedro Servando Viñales.
Hasta aquí llegamos con la historia que pudimos encontrar escrita, el resto quedará en el poder de imaginación de cada uno, y sobre el futuro a partir de la muerte de Pedro y el nacimiento de Angélica en 1903, lo único concreto que sabemos de ahí en más es que cada uno recibió mucho dinero y tierras como herencia, que gozaban de una muy buena posición económica y que los cuatro hermanos vivieron en la Ciudad de la Plata.
El único de los hermanos de Angélica que se casó y tuvo descendencia fue Martín Viñales, se casó con Victorina Lastre y tuvieron cuatro hijos: Ramón, Elisa, María Angélica y Martín. Elisa Viñales se casó con Dino Dugini y tuvieron tres hijos, Silvio, Dino y Elisa Dugini. Dino Dugini a su vez tuvo tres hijos, María Florencia, Dino y Daniela. María Florencia Dugini se caso con Alejandro Mazzaroni y en febrero de 2005 nació Bruno Gabriel Mazzaroni.
El resto todo es incierto, será cuestión de unir un poco lo que sabemos, otro poco de lo que suponemos y mucho de imaginación, pero jamás sabremos con certeza que fue del destino de Pedro Celestino, si fue asesinado, o si formó otra familia y se olvidó de la que había dejado, o si contrajo una enfermedad que lo condujo a la muerte? Por qué Pedro Servando no se casó con Isidora, la madre de sus cuatro hijos, y en cambio se casó con otra en artículo de muerte? Por qué no le dio su apellido a sus dos hijos menores antes de morir? Por qué Angélica contó una historia distinta? Cuánto sabía ella de esta historia? Seguramente nunca encontraremos la respuesta a estas preguntas y a tantas más, los Viñales seguirán manteniendo parte de ese misterio que siempre tuvieron para nosotros.....